domingo, 22 de febrero de 2009

Cuadernos turolenses Encinacorba en Frances

La ville de Encinacorba se trouve à 53 kilomètres de Zaragoza et 7 de Cariñena. Avec ses 762 mètres au-dessus du niveau de la mer et ses 3674 hectares de surface, c’est une municipalité en contact avec la Sierra de Algairén, où la vigne et le chêne dominent le paysage.

Celtibères, romains, musulmans et chrétiens ont rendu possibles la naissance et le développement d’une ville, dont la mission fondamentale était de contrôler le port du « Alto de San Martín » dans la voie romaine Cesaraugusta-Laminium.

Alors qu’on a voulu lui donner une origine légendaire, illustrée par son blason avec un chêne (« encina ») – tordu (« corva »), l’histoire la plus récente place la refondation de la ville par Alfonso II et la remise aux templières en 1175.

Depuis 1315 elle a été considérée comme « ville ». Avec la dissolution du Temple, elle a commencé à être régie d’abord par l’ordre de l’Hôpital de Saint Jean de Jérusalem et après par l’Autorité d’Ordres. En 1834 sa Municipalité a été fondue et vers 1841 les propriétés de la commanderie ont été désamorties. En 1903 la phylloxéra est arrivée et en 1933, le chemin de fer.

Aujourd’hui, elle appartient au département de Zaragoza, à l’arrondissement de Daroca et à la région du Campo de Cariñena.

Elle conserve un patrimoine très important avec des bâtiments singuliers comme l’église paroissiale de Notre Dame de la Mer, de style gothique mudéjar, ou l’ermitage de Sainte Quiteria d’un style pré-gothique assez bizarre. Dans la rue Principale il y a deux maisons et une fontaine de la Renaissance, ainsi qu’un arc d’entrée à la ville, qui est la seule partie restante de la muraille qui entourait la ville. Les restes d’un château ont survécu à côté de l’église, laquelle garde, comme grands trésors : un Christ gothique du siècle XIII, qui provient de l’ermitage du « Esconjuradero », une sculpture en albâtre de la Vierge de la Mer datée du XIVe siècle, un extraordinaire orgue baroque du siècle XVII, un buste en argent de Saint Étienne, un portrait de Saint François, un retable plateresque de la Vierge du Rosaire et plusieurs panneaux gothiques en cours de restauration.

Le territoire communal est arrosé par le ruisseau du Frasno, dont les eaux n’atteignent pas le Jalón, car il souffre d’endoréisme en arrivant a la Vierge des Lagunes (Cariñena). On produit du muscat, de la « pajarilla » (vin pâle de raisin blanc) et de la « cribatinaja » (vin de raisin rouge) de qualité exceptionnelle. La ville est réputée pour son orchestre, fondé en 1880, qui égaye les fêtes patronales de la Vierge de la Mer, au début d’Août, ou la fête patronale de la Sainte Croix, pour la Croix de Mai.

Dans la rue Principale on trouve la Mairie, le Cercle Agricole et un gîte de tourisme rural. On peut pratiquer plusieurs sports tant en pleine nature que dans le centre sportif couvert. C’est le lieu idéal pour les amoureux de la mycologie et de la botanique. On produit des jambons de pays réputés et des fruits et légumes excellents. Son hameau a hébergé jusqu’à 1207 habitants en 1888.

Cuadernos turolenses. Magnífico cariñena

MAGNÍFICO CARIÑENA
Por José María Cebrián Muñoz

Corría el 21 de septiembre del año del Señor de 1585 entre los pámpanos y las doradas uvas otoñales del Campo de Cariñena. Esa mañana, como siempre, cantó el gallo y Andrés se tiró como un rayo del camastro en el que apenas había pegado ojo en toda la noche. Bajó a la cuadra y ordeñó a la cabra. Para cuando su padre quiso levantarse, él ya había calentado la leche, aparejado el macho y uncido éste al carro. Por delante tenían una dura jornada de trabajo cuyo horario marcaría el astro Sol. Sabía que su padre había apalabrado ese año las uvas de la viña de las Planas del Rey con el alcalde de Cariñena. Esa viña era de realengo, por eso su padre pagaba tributo, pero ese año se emplearía toda la viña en agasajar al rey pues raro era el año que sus oficiales llegaban hasta Cariñena a cobrar lo estipulado. Había pensado el alcalde de Cariñena que, mientras el rey permaneciera en la villa, la fuente de la Plaza Mayor manaría vino de forma constante. Para finales de otoño, ya fermentado el vino, se esperaba la visita del más grande soberano del mundo en su tiempo. Se trataba del rey Felipe I de Aragón (II de Castilla) de paso hacia Zaragoza.Andrés pasó todo el día cortando uva con su fascino, llenando los canastos de mimbre y depositándolos en los cuévanos que traía el carro. Apenas descansaron para comer y siguieron con su frenético trabajo hasta llenar los depósitos. Por la tarde noche ya con viento otoñal y olor a mosto en el cuerpo, descargaron la uva en el trujal y la pisaron para que no se oxidara. Cinco días de trabajo les ocupó preparar el mosto y ponerlo a fermentar.Por aquellos mismos días el rey “prudente” estaba en el Escorial preparando viaje a Aragón, un reino que heredó de su abuelo Fernando II el Católico y que tantos problemas le estaba ocasionando a consecuencia de sus Fueros y de las conspiraciones palaciegas de su primer ministro Antonio Pérez.Al rey le gustaba viajar con la otoñada, pues el clima era más amable y a su paso todas las gentes de los lugares salían a agasajarle y a ofrecerle los frutos de la cosecha recién cogida. Eligió la ruta más segura para llegar a Zaragoza. Primero entraría en Aragón atravesando las Parameras de Molina, donde el peligro a los bandidos y asaltadores de caminos era menor y, finalmente, coronaría el puerto del Alto de San Martín para adentrarse en el valle del Ebro.Una vez pasado el puerto, percibió el rey “prudente” la belleza del valle que se extendía a sus pies. Los colores otoñales habían pintado el paisaje con mil matices y el olor a frutos silvestres estimuló y acarició sus sentidos. Hizo un descanso en Encinacorba y oró ante el Cristo del Esconjuradero, una talla gótica hecha a inspiración de los hermanos franciscanos por manos desconocidas. Besó después la talla de la Virgen del Mar traída por los caballeros Sanjuanistas desde Rodas. Prefirió el rey “prudente” pasar la noche en Encinacorba, población que le ofrecía más seguro abrigo, tanto a él como al numeroso cortejo que le acompañaba, bajo el majestuoso castillo que corona la villa.Al día siguiente reanudó marcha la pesada comitiva. Paró la carroza real delante de la fuente de Cariñena. Echó el rey “prudente” pie a tierra y observó atónito que de los caños de la fuente surgía un líquido rojo y espumoso. Asombrado, se preguntó si no estaría en el País de Jauja. ¿Cómo era posible si no aquel prodigio? Pidió probar aquel dulce y oloroso líquido con sus labios y que su paladar le afirmase que no era un sueño lo que estaba viviendo.Ante la sorpresa del deseo real, todos se miraron sin saber qué hacer. De pronto, acercó el padre de Andrés el porrón al caño de la fuente y lo llenó de vino. Después dio el porrón al niño, quien a su vez se lo ofreció humilde al rey. Tomó un trago el rey del delicioso líquido y devolviéndole el recipiente al niño, que aún permanecía arrodillado, dijo: “Magnífico cariñena”. Sí majestad, respondió el niño, pero las uvas eran de Encinacorba.

Cuadernos turolenses. Gaudiano Lagasca y Tomasa Marín

GAUDIANO LAGASCA Y TOMASA MARÍN
(Encinacorba 1820 - 1823)
*
Por José María Cebrián Muñoz

Mariano, aquel zagalote nacido de Ramón y Manuela en el año del Señor de 1776, había sido reclamado y nombrado diputado electo a Cortes Generales por el viejo Reino de Aragón. En Madrid ya era una figura destacada en el mundo de la ciencia y los liberales querían tenerlo a su lado. En su villa natal, sin embargo, la noticia no sorprendió; el chico había destacado desde muy niño por su enorme agudeza e ingenio. Desde que el 5 de marzo de 1820 proclamaran la Constitución de Cádiz, “la Pepa”, en Zaragoza, muchos pensaron que, por fin, las cosas iban a cambiar para siempre en España. Y todo Aragón se unió al movimiento revolucionario que pondría fin a la monarquía absoluta al menos de momento. Los tres años siguientes fueron muy fructíferos para don Mariano, científico e intelectual, cuyo discurso de apertura del curso académico en el Real Jardín Botánico de Madrid sorprendió a todos por su clarividencia y ecuanimidad. Mariano fue miembro de la Comisión de Educación en la que se propuso la enseñanza universal y gratuita para todos los españoles. Memorable fue también la Comisión de Sanidad, en la que, por primera vez, se dotaba de un proyecto de salud a la Monarquía Española.Por esas fechas llegó a la villa un destacamento militar que clavó en el Planillo la “Losa Constitucional” emprendiendo rápidamente la marcha en dirección a Paniza. Apenas ventilado el polvo que levantaban los caballos, las gentes salieron a la plaza a curiosear sobre lo acaecido. En el mismo carasol del Esconjuradero se especulaba sobre los conceptos que esos días se manejaban: constitución, liberales, realistas, trono, altar... Pero poco sabían las gentes de cuestiones políticas y hubo que esperar hasta el domingo para hacerse una idea cabal de los sucesos hasta entonces observados. El infierno era seguro para quienes hicieran caso de esas doctrinas liberales y demoniacas que atacaban la esencia de nuestra religión católica única y verdadera, dijo el cura en el sermón de la misa dominical. En ese mismo momento, la villa quedó dividida en dos bandos, en dos opiniones, en dos maneras de ver el mundo. Habían nacido las dos Españas y parecía ya, muy lejano, ese otro 19 de marzo de 1812 en que se proclamara en Cádiz nuestra primera Constitución. Se ponía en marcha una Constitución que había nacido bajo el signo de la justicia, la libertad y la igualdad ante la ley.Gaudiano solía bajar todas las tardes hasta el herrador del portal de la fuente. El ambiente allí era bullicioso entre el ir y venir de las caballerías a abrevar al pilón, el sonido de los martillos sobre el yunque de la fragua y los gritos del herrero tratando de calmar a las mulas que iba a herrar. Mientras, los mozos liaban de la petaca y hablaban de lo que esos días sucedía en la villa. Sucesos importantísimos decían unos. Por fin se pondrá fin al yugo de la Encomienda y cada uno será dueño de sus tierras sin tener que pagar tributo al clero. Los mozos, a pesar de lo trascendental de la conversación, giraban la mirada cada vez que una moza llegaba con el cántaro a llenar agua a la fuente. Si la casa tenía moza casadera se gastaba, por esas fechas, mucha agua. Tomasa tenía 18 años; vació el cántaro y el botijo en la tina del corral para hacer el último viaje a la fuente ese día. Gaudiano vio a la moza con el botijo y supo que esa era su oportunidad. Apuró el cigarro y se despidió de los amigos. Se acercó a la moza y le pidió permiso para llevarle el botijo. Tomasa con un gesto aceptó el ofrecimiento. Caminaron uno al lado del otro en silencio calle Mayor adelante. Tomaron la segunda calle a la izquierda para luego encarar la calle del Pilar. Al llegar a la puerta, él se despidió con un: “Hasta mañana, Tomasa”. Ella, sin apenas inmutarse, le contestó con otro lacónico: “Hasta mañana, Gaudiano”. No era bueno ni malo, no había esperanza ni desesperanza, simplemente era lo establecido. Era el protocolo no escrito, pero repetido generación tras generación. Luego, después de que el amor fuera creciendo en sus corazones, vendría el noviazgo, la aceptación o el rechazo de los padres, la entrada en casa, las capitulaciones matrimoniales y un largo etcétera que habría que recorrer durante tres o cuatro años; amén de la bendición del cura para que Gaudiano llevara a Tomasa ante el altar. Cuando el padre de Tomasa se enteró de las pretensiones de Gaudiano montó en cólera. De ninguna manera iba a aceptar que su hija se uniera al hermano de ese “liberalote”, “afrancesado” y enemigo de la patria y de la religión. No, de ninguna manera. El honor de su familia no podía ponerse en entredicho.A parir de ese día, Gaudiano no faltó ninguna tarde a la tertulia del herrador. Allí las conversaciones giraban casi siempre en la misma dirección y trataban de adivinar las intenciones tanto de los constitucionalistas como de los realistas. Unos repetían casi de memoria los encendidos discursos del cura en la iglesia, discursos en los que las palabras que más se escuchaban eran trono y altar. Otros se apoyaban en los artículos del Diario Constitucional de Zaragoza, cuyos números llegaban hasta la villa en el correo que circulaba por el camino Real.Gaudiano, apenas veía llegar a Tomasa con el cántaro y el botijo, abandonaba la tertulia. Esa tarde noche ella le dijo que Capapé, un cabecilla rebelde, estaba en Aguarón y que su padre había abandonado la casa para abrazar la causa realista. Nada había sabido en todo el día de él, pues las partidas realistas se dirigían hacia las abruptas sierras del Maestrazgo y Beceite, donde encontrarían seguro refugio.Gaudiano le dijo a Tomasa que la guerra era inminente y que él había pensado ingresar en la Milicia Nacional y ponerse al servicio de España y de la Constitución. Tomasa sintió que su corazón se partía en dos pedazos y no acertaba a adivinar la forma en que tal conflicto podría resolverse. Como solución y aconsejados por familiares que los querían bien y sabían de sus angustias, acordaron que al día siguiente Tomasa saliera de su casa “manifestada”. Así lo hicieron. Tomó parte de su ajuar, de sus objetos personales y se fue a recluir a la casa de un tío de Gaudiano. De esta forma, a la vuelta del padre, ella podría elegir libremente a la persona con la que quisiera casarse, según establecía el Fuero de Aragón..Arreciaban los rumores en los mentideros del Herrador y del Esconjuradero y se veía inminente la entrada en España desde Francia de un numerosísimo ejercito europeo conocido como el de los “Cien Mil Hijos de San Luis”, en apoyo de Fernando VII y de los partidarios del trono y altar.Gaudiano, al frente de la Milicia Nacional de Encinacorba, acudió a la llamada de Zaragoza para hacer frente a la invasión retrógrada y antiliberal. La lucha fue desigual y las tropas liberales, poco expertas y mal dirigidas, sucumbieron ante el potente ejercito europeo. Cayó herido Gaudiano en el combate y sufrió prisión, pero en cuanto le fue posible volvió a su casa. En Encinacorba le esperaba inquieta y angustiada Tomasa que había sufrido lo indecible por la suerte de su padre y de su novio. Pasaron los días y los meses sin que a la villa llegaran noticias del padre. La hija empezó a temerse lo peor y salía hasta el camino Real a preguntar a los viajeros. Cierto día, unos soldados que tornaban a Almonacid de la Sierra, le comunicaron que ellos mismos habían enterrado a su padre en lo más profundo del Parrisal de Beceite. Le aclararon que su padre había muerto víctima de una enfermedad y no de la guerra.Finalmente se celebró el matrimonio entre Gaudiano y Tomasa. Fruto de su amor nació una sola niña a la que pusieron por nombre Isabel. Sin embargo, su hermano Mariano, ya había iniciado el camino del exilio. Partió desde Gibraltar hacia el Reino Unido dejando en España a su mujer y a sus dos hijos.

Cuadenos turolenses. El Santo Grial

EL SANTO GRIAL*
Por José María Cebrián Muñoz
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Estamos a día 17 de junio de 1120. El ejército de Alfonso I el Batallador, reforzado con seiscientos caballeros traídos por el duque Guillermo de Aquitania, planta cara a los almorávides en Cutanda.Esta batalla fue una de las más relevantes de la historia de Aragón y, una vez ganada, quedó para los cristianos todo el valle del Jiloca y del Jalón. Se planteó teniendo como cabeza de puente a las localidades de Ricla y Cariñena. Desde Ricla se acosaba a los musulmanes de Calatayud con el objeto de que el ejército cristiano no fuera sorprendido por la retaguardia. Por Cariñena se lanzó el grueso del ejército al otro lado de la sierra de Algairén. Ambos contendientes habrían de medir sus fuerzas en los confines de Campo Romanos.En Encinacorba se había instalado la vanguardia del ejército cristiano formada por almogávares a pie, aquitanos a caballo y caballeros templarios. Estos últimos, mitad soldados mitad freires, eran la mano derecha del rey, a quien, a menudo, gustaba entrar en batalla junto a ellos. Los más ardientes guerreros de las tropas del Batallador reparaban sus armas en la fragua, escupían sobre el acero rusiente y blasfemaban continuamente dando una sensación de rudeza y tosquedad premeditada. Había en el aire rumores de batalla y ánimos inquietos y enardecidos. El vino de la tierra corría sin tiento por las gargantas rudas y resecas de aquellos hombres violentos. Las prostitutas daban el último respiro de placer a aquellos que tan pocas esperanzas de vida albergaban. Crecía el temor frente a los temibles sarracenos curtidos en el rigor del desierto africano. Eran gentes llegadas a la ribera del río Frasno a través de polvorientos caminos y desde los lugares más apartados de la cristiandad. El castillo, único edificio con cierta relevancia, bullía con el gentío tramenando en los patios y en las cuadras de los animales. Allí, como en una torre de Babel, se escuchaban las lenguas de todos los países y culturas de la Marca Hispana. Los había que hablaban el occitano; otros, el latín; los más, una miscelánea de lenguas románicas y pocos, la lengua de los vascones o la arábiga.Los espías del ejercito cristiano avisaron el día 14 de junio de que la vanguardia mora había sido avistada más allá de Campo Romanos, muy cerca de la Canal de Celfa. Era la señal esperada por el rey, que mandó, con gran presteza, que subieran a Encinacorba el Santo Grial. Para el día 16, el obispo García de Jaca hizo preparar un altar en medio del patio de armas del castillo, no lejos de una enorme encina cuyo tronco había sido herido por un rayo. Colocó en el centro del altar el Santo Cáliz y lo cubrió con la patena. A continuación, y en presencia de su rey postrado de rodillas, comenzó el sacrificio de la misa. Cuando el obispo alzó el Cáliz para la conversión del vino en sangre de Cristo, se produjo el más impresionante y conmovedor silencio jamás visto. Una rayo de luz partió las nubes que oscurecían el día y se proyectó sobre el vaso de ágata que el obispo sostenía con sus manos, despidiendo en la plaza, un arco iris de azulados colores. Intuyeron que era una señal del cielo y presagio de una victoria segura. Rompiendo inesperadamente el silencio, aquellos duros guerreros gritaron al unísono «¡Aragón, Aragón!» y «¡Desperta ferro!» Golpearon las espadas sobre los escudos y el eco del sonido metálico se sintió en toda la sierra de Algairén. Aquel día toda la vanguardia del ejército del rey Alfonso confesó, comulgó y juró su Fe en Cristo.Al día siguiente, con el cuerpo y el alma preparados para el combate, las tropas coronaron el Alto de San Martín y otearon las llanuras de Campo Romanos. Atrás quedaban los verdes viñedos cubriendo el fértil valle de las lagunas. Eran mediados de junio y aquel mar de cereal que atravesaban iba perdiendo su primaveral verdor para cubrirse de su dorado manto veraniego. El encuentro con los almorávides fue terrible y cruel. Las espadas evocaban la corbella del celtíbero cortando la mies. Cabezas cortadas, brazos y piernas amputados y hombres como fieras con los ojos fuera de sus órbitas. Cientos fueron los muertos, heridos y mutilados que yacían sobre el campo de batalla. Tal fue la dureza del choque que pervive por los siglos en la expresión: «Peor fue la de Cutanda». El rey aragonés logró una formidable victoria, definitiva para la reconquista aragonesa. A partir de esa fecha, el «Cáliz de la vida» que trajera San Lorenzo hasta San Juan de la Peña fue talismán para los reyes de Aragón en las batallas. Y la Corona de Aragón se extendió por el Mediterráneo como un imperio.

miércoles, 16 de julio de 2008

Los zorros del viejo viaducto.


Junto al viejo viaducto, buscando el abrigo de una pequeña cueva, una zorra crió esta primavera dos zorrillos. Los tres animalillos juguetaban felices mientras, al anochecer, algunas personas ancianas les echaban comida. Disfrutabamos de su presencia y de sus juegos despreocupados. Los observabamos con interés y comentabamos cualquier novedad que se producía. Alguien bienintencionado, un buen día, dió aviso a la prensa y los medios de comunicación sembraron la noticia en todos los corrillos de la ciudad. Aparecieron los "entendidos", esos expertos en ecosistemas y temibles ingenieros del medio ambiente. Cazaron a los animales uno a uno a la vez que observabamos la tristeza progresiva de los zorrillos que restaban por capturar. Dicen que se los llevaron a un ecosistema adaptado a su naturaleza animal. Nos quedamos entristecidos, nosotros, al adivinar que lo que antes eran juegos, saltos, carreras y vida alegre, ahora era un oasis de soledad y tristeza. Recuerdo que siempre han vivido los zorros en los entornos de los lugares. Recuerdo que antaño asaltaban los gallineros por la noche. Y recuerdo la hostilidad de los vecinos contra estos animales que competían con ellos por las proteinas de los gallineros. Ahora sin embargo hay comida para todos y nosotros, al parecer, nos sentimos más civilizados por alejarnos de nuestro entorno. Creo que fue un error, nuestros amigos los zorros estaban bien entre los turolenses que los querían y los mimaban. Los abuelos llevaban a sus nietos a verlos mientras les contaban montones de historias de su infancia acaecidas en confrontación con el habilidoso zorro. ¡Que animal más bello e inteligente! ¡Que poca flexibilidad en el, ahora, amo de la creación! El hombre es un lobo para el zorro pienso y afirmo con tristeza y nostalgia.